martes, 21 de agosto de 2007

“La aventura empresarial”, El fracaso como clave del éxito

por José Manuel Peláez Izquierdo, Instituto Internacional San Telmo
texto extraído del portal de la Caixa Emprendedor XXI: La Caixa, emprendedor XXI

En su poema If, Rudyard Kipling glosa un listado de virtudes que una persona, digna de serlo, debe tener en cuenta para conducirse en la vida. Kipling llama impostores al Triunfo y a la Derrota, y nos anima a tratarlos por igual, con el mismo escepticismo que merecen todas las falsas señales que a menudo llegan del exterior y que pueden apartarnos de los valores que merecen la pena en la vida. No es mi intención profundizar en el sentido de la existencia ni en cómo sobrellevarla de la mejor manera posible. Sin embargo, estoy convencido de que el empresario es la misma persona cuando toma decisiones en la empresa que cuando lo hace en su ámbito personal. Los valores de la persona, al final, sobresalen en todas las facetas de su vida. En mi opinión, de igual forma que no es aconsejable dejarse engañar en la vida por los triunfos o derrotas que vamos consiguiendo, a la hora de lanzar, desarrollar y gobernar una empresa, tampoco debemos ver estos acontecimientos como un objetivo que se ha alcanzado con un determinado resultado (éxito o fracaso). En este artículo argumento que ese resultado es secundario y que es más importante alcanzar el objetivo que llevábamos un tiempo persiguiendo.

Para empezar, me gustaría reflexionar sobre la “aventura empresarial” en sí misma. No es una ciencia. Está muy lejos de ser una actividad sobre la que se puedan construir teorías absolutas. Por mucho que se pretendan establecer modelos o metodologías, nunca se podrá garantizar el éxito de ninguna iniciativa empresarial. La incertidumbre siempre permanecerá ahí, en la esencia misma de la actividad empresarial. Y esto es así porque desarrollar una empresa tiene más que ver con el trato con personas que con dominar técnicas o sistemas.

El tópico de que “las empresas son sus personas” es una afirmación que tiene profundas consecuencias. Cuando vamos a negociar con el banco para que nos dé una póliza de crédito, en realidad estamos hablando con el director de riesgo de la entidad, que es una persona con nombre y apellidos, con sus criterios y valores. Y el éxito de la operación dependerá de que sepamos transmitirle (persona a persona) la bondad de nuestro proyecto empresarial y las grandes capacidades que tenemos como emprendedores para llevarlo a cabo. Igualmente, cuando vamos a visitar a un cliente para ofrecerle un servicio, se lo venderemos si conseguimos que él, como persona, confíe en nosotros. También nuestros proveedores han de tener esta misma confianza para permitir que les paguemos un par de meses después de que nos hayan servido. De la misma manera, hemos de guiar y motivar a las personas que trabajan con nosotros para que lo hagan de forma óptima, y en esto evidentemente cuenta mucho el trato personal.

En este sentido, una actividad humana que se basa sobre todo en trabajar con los valores, las sensibilidades y las necesidades de las personas, no es una Ciencia, sino un Arte. Y por tanto, los empresarios, unos artistas. Si el Método es lo que caracteriza a los científicos, la Sensibilidad es lo que caracteriza a los artistas. Ahora bien, ¿cómo se desarrolla esta Sensibilidad para los negocios?

Las capacidades necesarias de un hombre de empresa, al igual que las de un pintor o un músico, son de tres tipos que, en el caso específico de un empresario, son: conocimientos, habilidades y actitudes.

En realidad estas son las tres capacidades que definen a una persona. En función de qué Conocimientos posea una persona, de qué Habilidades haya desarrollado en su vida, o qué Actitudes muestre en su comportamiento, estaremos delante de un individuo o de otro completamente distinto. El desarrollo de estas capacidades nos modela como personas y como empresarios. Pero cada una de estas categorías (Conocimientos, Habilidades y Actitudes) tiene efectos diferentes. El impacto que tienen en la persona es proporcional al esfuerzo que nos cuesta adquirirlas. Así pues, los Conocimientos son los más fáciles de adquirir, y también los más fáciles de olvidar, pertenecen al “mundo” de la Teoría y el impacto en la mejora de la persona es pequeño. Las Habilidades son más difíciles de conseguir, requieren practicarlas hasta que las dominamos; sin embargo nos acompañan durante toda la vida, están en el ámbito de la Experiencia (por ejemplo, aprender a conducir o montar en bicicleta). Pero las más difíciles de conseguir son las Actitudes, que no se aprenden de memoria o por la práctica; deben adquirirse con el ejemplo o imitación de personas a las que admiramos o cuyo modelo deseamos seguir. Las Actitudes son las que definen más profundamente a una persona, ya que determinan lo que uno quiere realmente hacer; están directamente relacionadas con nuestros Valores.

Retomando el título de este artículo, el fracaso como clave del éxito en la aventura empresarial, la persona debe desarrollar las capacidades que le faltan para llegar a desempeñar con éxito su carrera empresarial. De todas ellas, las más importantes serán las que tengan que ver con las Habilidades y sobre todo con las Actitudes. Para adquirir éstas se necesita experiencia y conocer personas y situaciones. Sin embargo, no siempre vamos a acertar en este proceso y se producirán fracasos; pero deben ser precisamente estos los que actúen como motor de nuestro proceso de aprendizaje. En definitiva, en la empresa, el único método válido para progresar es el “ensayo-error”; a base de ir rectificando sobre los errores.

Pongamos un ejemplo: una persona que aprende a negociar, es probable que la primera vez que intente hacer un trato con un proveedor esté “ciega”, no sea consciente de que no sabe negociar. Cuando, después de cerrar el trato, lo medite reposadamente en su despacho y caiga en la cuenta de lo poco ventajoso que le ha resultado el acuerdo, y de lo mucho que lo ha sido para su proveedor, pasará al estado de “ignorante”, al darse cuenta de su incompetencia para negociar. Inmediatamente, se pondrá manos a la obra como “aprendiz”, e intentará mejorar con la práctica su habilidad para negociar. En este proceso, se esforzará en cada trato para hacerlo mejor, y cerrará acuerdos malos, regulares y “menos malos”. Con el tiempo, acabará dominando la habilidad para negociar y lo hará inconscientemente (como el conductor experimentado de un coche al cambiar de marcha). Habrá llegado al estadio de “sabio” y la habilidad para negociar le acompañará toda la vida.

En todo el proceso que va desde el “ciego” al “sabio”, son los errores y los fracasos los elementos que nos hacen tomar conciencia de nuestras carencias y que nos ayudan a desarrollar las capacidades que necesitamos. Por eso, los fracasos son la antesala de futuros éxitos.

En España, muchas veces por oscuras razones, se consideran que los fracasos son estigmas que marcan a las personas como “fracasadas” (sinónimo de inútiles). Es una visión muy distinta a la de otras culturas en las que las personas que se presentan a una entrevista de trabajo, por ejemplo, con algún fracaso en su currículum se consideran candidatos que han vivido un proceso de aprendizaje que puede ser extremadamente valioso y que cuentan con capacidades que no habrían podido adquirir de otra forma. Creo que esta “cultura del fracaso” es más acertada para valorar acertadamente las capacidades de una persona. Volviendo a mi reflexión inicial, pienso que el éxito o el fracaso son resultados de un objetivo que se llevaba persiguiendo en la empresa (o en la vida) durante un periodo más o menos largo. Creo que lo verdaderamente relevante no es el resultado, aunque pueda tener más o menos importancia. Es más trascendente que ese objetivo haya sido alcanzado: una vez que se consigue, el camino continúa y hay que trazarse nuevas metas. Pero, a partir de aquí se contará para el viaje con un éxito a las espaldas o con un valioso proceso de aprendizaje que habrá contribuido a forjar a la persona un poco más.

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